Existen convicciones que no cambian, inalterables en el fondo del ser humano que están involucradas cotidianamente con las decisiones de la vida. Podemos decir sin temor a equivocarnos, que son las encrucijadas a las que sometemos la honestidad e integridad basada en nuestros valores. En estas circunstancias probamos como el crisol en el fuego, nuestra persona por la tentación de claudicar en las seducciones que pueden representar un beneficio en el poder, el tener y el ser. Nos enfrentamos a la responsabilidad personal, pero también de la que tenemos con los demás, de aquellos que nos han considerado por nuestras convicciones como seres auténticos en cualquier pasaje de nuestro andar. De esta responsabilidad podemos salir airosos, fortalecidos, con la frente en alto, o podemos condenar nuestra imagen, no ante los demás sino a la imagen que tenemos de nosotros mismos, obligando a mentirnos para justificar nuestras acciones. En este escenario, nadie puede ostentar ...
Comentarios
Publicar un comentario